El caballo de Turín
En El caballo de Turín parece que no sucede casi nada. Contra todas mis expectativas iniciales, acabé queriéndola más que a cualquier otra película moderna.
El caballo de Turín (2011), el último largometraje de Béla Tarr, comienza con una historia conocida. En enero de 1889, Friedrich Nietzsche vio en Turín a un cochero que azotaba a un caballo que se negaba a avanzar. Corrió hacia el animal, lo abrazó por el cuello, lloró y se desplomó. Pasó la última década de su vida casi en completo silencio. «Del caballo no sabemos nada», concluye la voz. La película se adentra precisamente en ese vacío.
La película recorre seis días en una llanura azotada por el viento. Un granjero con un brazo atrofiado, su hija y el caballo repiten la misma rutina austera: despertarse, vestirse, sacar agua del pozo, cocer dos patatas, comer con las manos y dormir. El viento no amaina. Después el mundo empieza a retirarse: el caballo deja de comer, el pozo se seca y las lámparas no encienden. El final no llega como fuego, sino como agotamiento, llevándose en silencio una cosa tras otra.
Al principio esperaba aburrirme: dura dos horas y media y está rodada en blanco y negro. Sin embargo, la repetición que temía empezó a atraerme. Hacia la tercera patata cocida comprendí que ya no esperaba una trama. Me retenía algo más sencillo y más serio: dos personas entregadas al pequeño ritual de seguir vivas. Me pareció casi insoportablemente conmovedor.
La película me dejó preguntas que se niega a responder. ¿Qué ocurrió con el pozo? ¿Los visitantes lo envenenaron o arrojaron piedras en su interior, o la tierra dejó de retener el agua? ¿Quién era el hombre que vino a comprar aguardiente y por qué hablaba como si el mundo ya hubiera terminado? ¿Por qué la hija dejó intacta su patata la última noche? ¿Murió el caballo o renunció a vivir? Sobre todo, ¿por qué quedarse en esa llanura? Cuanto más lo pensaba, más deliberado parecía el silencio. Ese silencio, no las posibles explicaciones, es lo que acabé amando.
Un momento reúne todas esas preguntas en una imagen. Cargan el carro, suben la colina y salen del plano, abandonando su hogar. Poco después regresan sin explicar por qué. Primero supuse que los viajeros vistos antes junto al pozo los habían obligado a volver. Entonces comprendí que no había adónde ir: el viento domina ambos lados de la colina. Esa salida breve y fallida sigue siendo la imagen más fiel de la desesperación que conozco. No es un grito ni un derrumbe, sino el descubrimiento silencioso de que toda salida conduce a la misma habitación.
Paso los días construyendo sistemas que aprenden mediante la repetición y extraen estructura al encontrar una y otra vez ejemplos similares. El caballo de Turín me perturbó porque invierte ese principio. En la película de Tarr, la repetición no produce conocimiento ni dominio. Desgasta la vida hasta que los mismos gestos cotidianos significan resistencia, no progreso. Al observar esa erosión comprendí algo que el razonamiento por sí solo no me había mostrado: la dignidad de una vida reside menos en lo que acumula que en el hecho de continuar, contra un viento que nunca amaina.
La película consta de solo 30 planos largos. Tarr la definió como un estudio sobre la «pesadez de la existencia humana»: no tanto desesperación como puro peso. He llegado a creer que contiene ambas cosas. Vuelvo a ella como a una pieza musical demasiado triste para escucharla a menudo, pero demasiado verdadera para abandonarla. Del caballo no sabemos nada. Aun así, durante dos horas y media, Tarr nos sienta a su lado, deja todas las preguntas sin respuesta y no nos da ningún lugar adonde ir. Contra toda lógica, eso basta.
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